
De la euforia al luto: Por qué la violencia en los festejos del Mundial enciende las alarmas
Nicolás


La Copa del Mundo es, por definición, la mayor fiesta del planeta. Un espacio donde el desahogo, la identidad y la pasión futbolera deberían unir a la gente en una celebración colectiva. Sin embargo, para México —coanfitrión del torneo en este 2026—, los recientes triunfos de su selección en la fase de grupos dejaron un sabor amarguísimo. Lo que tenía que ser orgullo y carnaval se terminó transformando en una tragedia total, abriendo un debate urgente sobre la seguridad, la psicología de las masas y, sobre todo, la enorme responsabilidad que le cabe a un país organizador.
La delgada línea entre el festejo y la locura
Los datos de las últimas semanas en territorio mexicano son de terror y reflejan un desborde social alarmante:
Asfixia en pleno centro: En las inmediaciones del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, cuatro personas murieron en medio de una marea humana de más de un millón y medio de hinchas. Tres de ellas fallecieron por aplastamiento; la locura fue tal que nadie vio que el espacio se achicaba hasta volverse mortal.
El horror de Los Cabos: Lo que pasó en Baja California Sur expuso el peor escenario imaginable. Un festejo que derivó en el vandalismo a un auto particular provocó el pánico de un conductor (que viajaba con sus hijas), un atropello masivo con 17 heridos y, para colmo, un linchamiento brutal. El conductor, Roberto Arellano Acevedo, murió días después en el hospital por la paliza que le dio la horda. Una violencia salvaje e inexplicable disfrazada de "festejo".
La contradicción del éxito: Es una ironía dolorosa que el pase de México a los octavos de final no se esté traduciendo en alegría pura, sino en luto familiar por culpa de la misma gente.
La prueba de ser País Anfitrión
Organizar un Mundial no es solamente tener estadios modernos o linda hotelería; el verdadero desafío es garantizar el orden público y la seguridad de las personas. Cuando un país le abre las puertas al mundo, se compromete a dar garantías.
Si cuando ganan se arman estas dinámicas de linchamiento y estampidas donde se matan entre ellos, la pregunta que se hace el mundo es inevitable: ¿Qué va a pasar si la selección local queda afuera, o cuando la tensión con hinchadas extranjeras suba?
La responsabilidad del Estado y de los organizadores tiene que cambiar ya. No alcanza con mandar ambulancias para atender las consecuencias (hubo más de 1.600 asistencias médicas en la capital); hacen falta pulmones de seguridad estrictos en las plazas clave y una bajada de línea tremenda contra el descontrol y el vandalismo "autorizado" por el fútbol.
Conclusión: Un llamado a la cordura
El fútbol, ya lo sabemos, es un espejo de la sociedad. Lo que se vio en Ciudad de México y Los Cabos es el síntoma de cómo la adrenalina mal canalizada puede secuestrar un momento de felicidad legítima.
México está a tiempo de pegar un volantazo en lo que queda de la Copa. La hinchada mexicana es famosa en todo el mundo por su color, su calidez y su fiesta. Es fundamental que recuperen eso. Ningún gol, ningún pase a octavos y ninguna victoria valen más que la vida de una persona. Si quieren estar a la altura como anfitriones ante los ojos del planeta, su gente tiene que entender que el verdadero triunfo también es saber festejar en paz.


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